Lic. Hugo Cravero
El transa mira fijamente al periodista.
Se conocen de toda una vida, cuando era otra Baigorria y los adolescentes cruzaban las fronteras barriales con naturalidad. Ambos, cada uno en su rol, cumplen una misión en el engranaje extraño de la vida y la sociedad.
Uno escucha y el otro cuenta una historia contemporánea que se vive en los barrios que alguna vez fueron obreros.
- El Coto (Marcelo Medrano) y el Dany (Daniel Godoy) se están peleando por el tema de la venta y los quiosco. Eso todo el mundo lo sabe. En San Miguel, en Martín Fierro, en Nuestra Señora de la Paz. Todos lo saben – dice el entrevistado anunciando un epitafio que se sigue escribiendo.
- Antes eran amigos. Se criaron juntos en La Cerámica. Eran vecinos y supieron ser capos en la banda de Los Canteros. Los dos eran de la barra de Ñuls, pero ahora se están tiroteando todas las noches. Están peleando por la venta de la merca, entendés. Hasta que uno no mate al otro, esto no termina – aseveró el hombre de tez oscura, de piel y manos marcada por las contiendas campales que da la militancia en la popular leprosa o las corridas entre pares y yutas.
El encuentro entre los dos viejos conocidos fue hace unos meses atrás, cuando las balaceras nocturnas encendían las calles de pánico. Cuando los vecinos de los arrabales, abandonados a la desidia, no podían salir del susto jornada tras jornada.
- Mamita, no salgas a la calle. Acá se acaban de cagar a tiros. Fue en la casa de C. Papi quería salir a ver. Se escuchaba pa pa pa pa pa. Y papi decía “voy a ver”. “Qué vas a ver, no ves que son tiros”. “Que se están tirando de vuelta”. No sabés el cagazo que pasamos. Creo que pasó un auto. Un Renault 9 rojo, dicen, baleó la casa de C – dijo una mujer, de voz aguda, medio aniñada, pero temerosa. La vecina de San Miguel envío el audio de WhatsApp a su hija que también vive por el barrio, minutos después de una feroz balacera.
- Y pum pum, pam pam. Parecía una guerra. Cuando paró todo salimos con papi y vimos que le balearon el auto a D. Está todo agujereado. Y a F. le perforaron la puerta del costado, todo el frente. Hay un montón de vainas. Nosotros nos metimos de vuelta y ni locos vamos a salir. Quedate en casa mamita – Le resumió la madre a su hija.
La escena relatada tiene una fecha y un lugar, pero tranquilamente se la puede reubicar, en tiempo y espacio, en cualquier coordenada baigorriense en esas noches de sicarios que aterrorizaron la ciudad.
Pasco al 600, Namuncurá al 500, Mitre al 700, Curupaití al 500, Dorrego al 3400, Rosario al 100, son algunos de los sitios donde resonaron las balas de una lucha territorial donde los inocentes son peones de un tablero de trebejos, del que nunca se les aviso que estaban inmersos.
- Esto es un problema social, sabe. La falta de trabajo, el consumo de drogas, la desintegración de las familias. Es un negocio millonario donde parce que nadie quiere ponerle fin. Las balaceras son fruto de todo esto. Acá hay una batalla, pero es muy difícil detenerlo, porque la justicia no actúa – confesó el policía retirado desde hace unos años de la fuerza.
Como lo fue con el transa, el cónclave con el periodista y el ex comisario, que solía imponer su temerosidad a simple vista en sus años mozos, fue antes del crimen de Coto Medrano. Al ex agente, que supo pisar fuerte en las cúpulas policiales, se lo notaba derrotado, cansado de denunciar y golpear puertas de Juzgados Federales con pocas respuestas a cuesta.
- Hay denuncias de lugares donde se comercializan las drogas en los barrios de la ciudad. Personas identificadas. Pero no se actúa, o lo hacen tarde. El problema es que la gente la pasa mal. Muy mal – se confesó el hombre que suena con modismos y giros algo porteños de décadas pasadas.
El asesinato de Coto Medrano
El hombre pequeño, embebido dentro de un camperón de entrenamiento, similar a los que usan los jugadores de Newell's Old Boys en pleno invierno, ingresó a La Perla, una mañana congelada de julio de 2019, e inmediatamente el concejal cambió el semblante. Su rostro se mostró preocupado, algo temeroso. Su único atajo fue preguntarle al periodista que estaba con él, en medio de café bastante conversado, si sabía quién era.
- Sabés quién es ése – consultó al desprevenido escriba baigorriense.
No hizo falta la negativa del comunicador para que el legislador le respondiera casi de inmediato.
- Ése es el Coto. Uno de la barrabrava de Ñuls. Un nene... tiene un montón de causas por narcotráfico.
La presencia de Marcelo Coto Medrano en el bar céntrico de Baigorria se repitió en varias ocasiones durante el año 19, álgido y electoral. Bajaba de su chata blanca cuatro por cuatro de un salto. Era respetuoso con todos, con las empleadas y los parroquianos. Desayunaba en silencio y se iba.
No parecía que ese muchacho de cara redonda, pelo lacio y raya al medio, ojos vivaces, siempre vestido con chombas, buzos o camperas del rojinegro rosarino, era un hampón con condenas e imputaciones por narcotráfico, actos violentos y robos calificados.
Ni mucho menos que iba ser emboscado y asesinado por sicarios a la salida de la YPF Raúl, la noche del jueves 10 pasadas las 23 horas.
El crimen del reconocido delincuente estuvo bien planeado.
Coto se había refugiado en Victoria, Entre Ríos, porque estaba amenazado de muerte, y hacía un mes que había vuelto a la región. Medrano había sido parte de la banda de Los Monos, pero se había cortado solo desde hacía tiempo, lo que le había generado una enemistad con la organización narcocriminal.
Su regreso a la zona se supo, pero según fuentes judiciales no se sabía dónde residía.
La noche del jueves 10, pasadas las 23 horas ingresó al shop de la YPF Raúl, en la cuña que hace Eva Perón, Arenales y Ruta 11, enfrente del hospital emblema de la provincia, para comprar unas pastillas de menta. Al salir del comercio, un hombre se le acercó y lo increpó con claras intenciones de ejecutarlo. Coto reaccionó corriendo hacía su vehículo, que estaba estacionado cerca de Pueyrredón y Eva Perón, donde esperaban su esposa y uno de sus hijos.
Las desoladas calles baigorrienses hicieron retumbar con más potencia los impactos de las balas. En algún momento de la desesperada huida de Marcelo, un proyectil le dio en el abdomen, lo que hizo que mermara su andar.
Luego fue alcanzado por otra ráfaga furiosa, cayendo herido de muerte en la acera vacía de gente, cargada de pólvora y odio. Ya agonizante en el piso, Coto fue rematado vilmente, destrozándole la mandíbula y la base del cuello.
El cuerpo tenía 15 disparos.
Todo indica que fueron dos o tres los matadores contratados, y que se movilizaban en un Ford Eco Sport blanca, que habría conducido Gabriel Godoy, policía provincial que tiene prisión preventiva por 60 días por el hecho que le sindican, hermano de Daniel Godoy, quien sería el gestor de la matanza.
En 2019 Medrano intensificó su presencia en el mercado de estupefacientes en Granadero Baigorria. Y con ello su rivalidad territorial con otros gángster de prosapia que actúan en la zona, y en especial con Dany Godoy, con quien lidiaba la supremacía en la venta de drogas en la localidad costera.
Coto inició su andar delictivo de joven.
Medrano tenía 44 años al fallecer, pero un largo historial criminal, vinculado al narcotráfico, la violencia, la barrabrava leprosa y el robo calificado.
En 2010 fue condenado a 6 años de prisión por una causa de narcotráfico por la Justicia Federal y en 2018 a dos años de cárcel, a través de un procedimiento abreviado, donde salió en libertad al poco tiempo.
Coto cayó en marzo de 2017 en un procedimiento que hizo la Policía Federal. La Fiscalía lo investigaba por varios hechos y la fiscal Georgina Pairola lo llevó a audiencia imputativa, y lo acusó de tres hechos ocurridos entre 2014 y 2015, relacionados entre sí.
Un cadete fue baleado en octubre de 2014 frente a su trabajo. Cuando se recuperó de las lesiones y volvió al trabajo se enteró por comentario que la bronca venía por el lado de Coto. La víctima dijo que Medrano pensó que era de la barra y el imputado quería tomar el mando del paravalanchas de Newell's, explicó la fiscal en la audiencia. En julio del año siguiente lo encontró en la calle. Coto estaba con su hermano, Matías, y lo amenazaron para que no vuelva a la cancha, ni al barrio,
También lo imputaron por un ataque a tiros a familiares del cadete dónde tres personas resultaron heridas, entre ellas un hombre de 70 años. Hecho en el que habría participado junto a su hermano que se llevó la imputación más grave, la fiscal le achacó una tentativa de homicidio mientras que a Coto un abuso de armas.
El mes que tembló la ciudad
En 24 horas Granadero Baigorria volvió vivir una locura, de la cual paulatinamente se está acostumbrando. Tres personas fueron asesinadas por encargo.
- El desenlace de Coto Medrano estaba cantado. O era Coto o era el Dany – aseveró la mañana siguiente de la muerte del líder narco, el flaco que supo irse justo del hampa, cuando el tema pasó de ser una aventura juvenil a una profesión sin regreso a puerto seguro.
- Desde que los Canteros están presos esto se convirtió en un desgobierno. Muchos mandan, y todo son porongas. Entonces ocurre lo que ocurre – dijo el muchacho que conserva en tatuajes su pasado delictivo.
Ese 11 de septiembre la primavera se anunciaba en la plaza 9 de Julio del barrio Centro en aromas y despuntes de brotes.
El cotorreo del crimen se amplificada entre pseudos expertos y entendidos, en la misma puerta del Municipio baigorriense. Es que Coto no fue ajeno, como tampoco Dany Godoy, a la política local, más en campaña electorales donde el voto se consigue no solamente con convencimiento social.
- Hay más de uno que tendría que decir sus vinculaciones con Coto y con Godoy – dijo en off un renombrado político baigorriense, quien también sabe que el miedo no es bobo, y menos con personas que no tienen escrúpulos en contratar asesinos para imponer negocios e ideas.
Ese misma noche, cuando todavía se palpitaba el crimen ocurrido 24 horas antes en la YPF de la ciudad, dos hombres fueron llevados detrás del paredón del cementerio El Redentor, por calle Felipe Varela, donde la oscuridad juega un papel fantasmagórico entre la necrópolis y las vías del ferrocarril Belgrano, que comienzan a elevarse en un terraplen de tierra.
Quizás nunca se sepa los porqués, pero Ezequiel “Peca” Arrúa y Osvaldo “Chupete” Ibarra, fueron golpeados, maniatados con precintos y fusilados con precisos balazos en la cabeza. Su cuerpos inertes fueron hallados las primeras horas del sábado 12, y las hipótesis e implicancias con el crimen de Medrano estallaron en redes y en los investigadores del doble homicidio.
Peca era un pibe de 32 años. Laburaba en el municipio baigorriense y tenía afinidad partidaria con el peronismo local. Chupete era un hombre de 58 años inmensamente querido por sus amigos y vecinos. El domingo 13 Ibarra fue acompañado por una multitud al cementerio para ser inhumado, a metros donde dos días antes había sido cruelmente asesinado.
Después continúo una catarata de hechos que rozaron todos los ámbitos. La muerte de Medrano dejó en claro que la banda de Los Monos, capitaneada por Guille Cantero y Ramón Machuca, desde las cárceles donde están detenidos, ha menguado su poder en la zona y que otras micro bandas quieren ese espacio que ellos supieron administrar.
- Baigorria está entre el norte rosarino y barrio Copello de Bermúdez. Allí operan narcos que también lo hacen en las barriadas populares baigorrienses. Es un territorio que se disputa con códigos criminales – sostuvo el diputado provincial Carlos del Frade a este medio.
- Ahora la muerte de Medrano no implica que esa violencia, las balaceras y las muertes cesen en la ciudad – agregó el legislador que tiene estudios y trabajos de investigación periodística de relevancia en el tema.
Lo que dejó en evidencia el crimen de Marcelo Coto Medrano es el mecanismo perverso por donde se lava los dineros que se obtienen de la venta callejera y barrial de la droga. Ese comercio que pone muertos en las calles y hace rico a corredores de bolsa, cuevas financieras, abogados, contadores, emprendimientos inmobiliarios, comunicadores y empresarios de medios, acopiadores de granos. Grandes evasores con vinculaciones en la venta del mercado paralelo de dólares, en el comercio ilegal de combustibles y el mundo agroexportador.
Todo esto quedó demostrado en el cruzamiento de datos de celulares, de víctimas y victimarios. Así se supo del puerto seco en Ricardone, a nombre de un ex policía de San Lorenzo, Carlos Ávalos, involucrado con negocios de Dany Godoy, y de la financiera de Corrientes y Córdoba, en pleno centro de Rosario, donde Coto hacía sus compras de dólares con las ganancias del narcotráfico.
En las ciudades sin Dios, se ha roto un pacto humano y social.
Los pibes que ahora están haciendo el aguante en un búnker de droga, a la espera de una venta, ni saben que son el último orejón del tarro. Como también lo fue Coto Medrano, que terminó su poderío agujereado con 15 balazos en plena vía pública, ante la vista horrorizada de su mujer y su pequeño hijo.
Recomponer una sociedad debería ser la meta de todos. Volver a los valores del trabajo, el sacrificio y la familia. Hasta que eso no ocurra, las calles seguirán siendo de ellos a costa de sangre, fuego y odio.
Una disputa donde no hay iguales, y las mayorías pierden por goleada cada día.








