Crónica escrita para la edición 227, febrero 2020, en el periódico El Urbano
Lic. Hugo Cravero
Salta de su chata y con destreza se cruza para abrir la puerta del acompañante para que ella pueda salir. Caminan rumbo a La Nueva Perla de la mano, luego del galante gesto del hombre, algo robusto, de rulos, manos anchas y ropa de trabajo algo engrasada. Ella, enamorada y de sonrisa tenue, piel blanca, pisa su adultez junto a su compañero que la amaba a simple vista. Juntos, cada mañana, casi a la misma hora, desayunan en el bar céntrico baigorriense, un espacio donde el aroma a café se mezcla con las dulces fragancias de azúcares y harinas leudantes.
La mesa está cargada de personas. Se nota que allí hay más de un peso pesado de la política local. Es invierno y parece que pocos de los concurrentes se han enterado. Cada vez se suman más asistentes, las sillas se superponen molestando el paso de los otros parroquianos que ansiosos van al baño. Pero parece que la rosca es más importante que los detalles del moviliario de La Nueva Perla.
Hay risas, murmullos, micro charlas entre pequeños grupos, un par de muchachos que exacerban sus modos al hablar, que gesticulan su oratoria improvisada. Filósofos pasajeros de alguna extraña mañana.
En ese lugar, a fuego lento se cocina el destino político baigorriense, una postal que La Nueva Perla suele exhibir con mayores detalles en los meses previos a las elecciones locales.
Antes de ser Nueva La Perla, la panadería, hoy también confitería y bar, ya era una panadería. Se llamaba “La Argentina”. La esquina de San Lorenzo y Sáenz, justo enfrente la escuela centenaria de la ciudad, estuvo predispuesta para ser un sitio que genere laburo y encuentros. Raúl Zavattero, historiador de la ciudad, contó que en la década del 50' del siglo pasado dos amigos, Campos y Roberto Casalle, comenzaron cocinar el pan en un primitivo horno en Buenos Aires y Saénz, a cien metros del local comercial. Los pioneros iniciaron el reparto de sus productos, que cada madrugada teñía de ocre y blancura el pequeño local donde empezó todo.
A los pocos meses, los dos emprendedores compararon la ochava histórica, crearon la cuadra, construyeron el horno de leña y abrieron las puertas de La Argentina.
A mediados de la década de 1960 los socios vendieron la panadería a Roberto Palermo, un vecino nacido en la baja Italia que hacía años estaba radicado en el pueblo. Fue éste quien vendió el negocio a principio de los 70' a la familia Rodil – Tinnirello reescribiendo el relato.
El hombre canoso, delgado, de cara cenicienta y cortes finos, es tratado con cariño y respeto en la confitería. Las mozas lo llaman por su nombre y ya saben sus gustos a la hora de almorzar. Una de ellas, con un cuidado que emociona, le recomienda comer sin sal y sano. Parece jubilado y viudo por su soledad y quietud sentado en la mesa soleada de la Perla, o por sus paseos de pasos cortos por los vestigios del viejo Paganini.
Su mirada se pierde tal vez en otro mediodía, tan limpio y fresco como este. Quizás, detrás de la gaseosa de pomelo vaya algún recuerdo donde la vida era feliz e infinita. Otro momento donde ese cuerpo era habitado por un joven que no sabía de su destino silente y reflexivo.
La primera panadería que recuerda Raúl Zavattero que hubo en Paganini fue La Proveedora, de Buenos Aires al 800. El historiador contó que fue un español su primer propietario, Manuel Tussel, quien repartía sus panes en las chacras que había a principio del siglo XX en el pueblo. La construcción se remonta a 1910 aproximadamente. Tussel le vendió el negocio, en los 40', a la familia López, también españoles.
La panadería La Avenida fue la segunda de la ciudad, según los datos de Zavattero. En la década del 30', Primo Serrani creó el comercio en San Martín al 900.
La Argentina fue el tercer comercio de estas características en la ciudad. Los tres tenían horno a leña y los tres siguen hoy cocinando las harinas leudadas cada alborada para Granadero Baigorria.
Padre e hijo hacen su ritual. Cada mañana los dos piden lo mismo y mecánicamente se sientan en la mesa de siempre. El hombre mayor, ya jubilado le enseñó al más joven el oficio de los fierros. Se visten igual, pantalón cargo color caqui, camisas livianas y claras, zapatos negros estilo de trabajo. Sus rostros de filosas narices y ojos cristalinos, repiten una tradición que, según dicen, viene desde La Argentina.
Casi ni hablan entre ellos, pero no hace falta cuando los códigos familiares vienen en los genes. Son un reflejo uno del otro. Un resumen de las generaciones que nacieron y se criaron por estas costas.
La familia Rodil – Tinnirello se mudaron a Baigorria a principio de la década del 70'. Rodil era panadero de oficio y se había quedado sin trabajo tras el cierre de un horno en el Cordón Industrial. Tinnirello, junto a su esposa e hija, María Rosa, querían probar suerte porque el negocio de ramos generales no estaba dando los frutos necesarios allá en Carreras. Fue Rodil quien le propuso a su cuñado vender todo, juntar fondos y comprar una panadería, arrancando de cero.
Y así fue, empezaron ver comercios del rubro que se vendían por todo la zona, hasta llegar a San Lorenzo y Sáenz, en Granadero Baigorria, una ciudad desconocida para ellos.
María Rosa era una adolescente de 12 años, pero recuerda con precisión su llegada a la ciudad, los árboles, la plaza, la escuela y la esquina que fue su hogar por años, cuando los dos matrimonios se repartieron la panadería que también ofició de casa compartida, hasta que se pudieron comprar sus viviendas en barrio Centro.
El español retacón, blanco, tirando a un color plomo claro, de lentes negros y grandes, que amplifican sus ojos celestes, se sienta comúnmente atrás, en el último asiento, el de las mesas fijas, amuradas al piso y de butacas moradas y acolchonadas. Habla con su tonada por WhatsApp a su hermana de temas familiares ofuscado.
El europeo siempre parece enojado, de preocupaciones varias que no oculta en sus audios que vocifera.
Sólo entra en calma cuando la moza, espigada y atenta, le sirve el suculento desayuno de campo, de panes blancos de altas migas y corteza crocante, mermelada, queso y humeante café con leche. Algo que seguro no conocía en la península ibérica.
Las mozas de la Perla son seis. La pibas reparten el trabajo y sus turnos de manera alternada, por eso no es normal ver la misma dupla a lo largo del mes. Aunque el staff haya cambiado hay una base que siempre es la misma. Esas jóvenes, que además de servir las mesas atienden la panadería, ya conocen parte de los parroquianos y su paisaje.
Dialogan con ellos, saben de su vida, de sus mal humores, de sus sentimientos, hasta sus cumpleaños. Todo parece una familia con sus idas y vueltas.
Ellas sólo se ven superadas en etapas electorales, o cuando el Concejo baigorriense trata algún tema de implicancia política. Allí las mesas parecen pocas, el café se sirve sin tanta experticia y la elección de las medialunas pasan a un segundo plano.
Las jóvenes camareras, sin saber, son parte de esa historia que se está escribiendo al fragor de los ánimos de funcionarios que pueden estar definiendo el destino próximo de la ciudad, allí en las mesas de la Nueva Perla.
Sergio era panadero de antes de comprar con su hermano Jorge La Argentina y re bautizarla como La Nueva Perla. Los Ingravidi adquirieron la panadería en los 90' pero antes Tinnirello le enseñó el manejo de la cuadra, las costumbres de los clientes, los secretos de décadas del vecindario. Sergio venía de la experiencia de trabajar en una confitería y horno en Rosario, pero Jorge no. Igualmente, como lo hicieron los Rodil y los Tinnirello, arremetieron el desafío y de a poco, a costa de mucho trabajo fueron levantando el comercio y fueron más allá.
La panadería cambió y se expandió. Modernizaron la cuadra, los hornos, la refrigeración, ampliaron sus puestos de ventas y se atrevieron abrir sucursales. La Nueva Perla se espació, sumó cafetería y bar, y le agregó un condimento más a la crónica histórica.
Hoy desde la Nueva Perla se asisten a todos bares similares que hay en Rosario y en los mayoristas MicroPack. A su vez desde hace más de un año los Ingravidi han sumado a su listado de confiterías a la que está en Tifón, la guardería naútica del extremo norte de Baigorria.
La barra peina canas, aunque hay en los almuerzos dos tres jóvenes que se aferran a la costumbre de la reunión, que es algo más que la simple necesidad de ajusticiar el menú del día. El grupo puede ser hasta de 10 comensales, pero el número ha decrecido, por la partida de un par de amigos en los últimos años.
Son todos hombres, que dialogan a ponchazos de todo lo que se cruza. Fútbol, política, el calor, el frío, el amor, las alergias y enfermedades, la economía. A veces los más veteranos recuerdan algún cofrade que partió a otras pampas, y con la descripción viene la nostalgia de Baigorria, cuando la Ciudad Deportiva de Rosario Central era un campo de mandarinas, cuando el río y la costa era una sola, sin interrupciones, ni negocios privados, cuando las calles eran de tierra, y las tardes eran más lentas y el cielo más profundo que el mismo Paraná.
La rutina de los muchachones de la Nueva Perla, digno de futuros cuentos que reediten una nueva versión de la mesa de los galanes del Cairo, es cita obligada y necesaria no sólo para los ellos, sino para escribir parte de lo mejor de los encuentros, que ya se anidan en la paredes de la panadería baigorriense.
Para cualquiera que pase con las urgencias diarias ni siquiera se detendrá a pensar que desde La Nueva Perla se ha cocinado algo más que masas ricas y dulces. En la panedería, entre agitadas jornadas ,no sólo la política ha creado nuevos cuadros, o consumado un concejal, sino que el amor y el odio suelen pedir un cortado para charlar de qué fue la vida.
Hay quienes afirman haberse reencontrado con sí mismo en una de sus mesas. Y hay poetas que consiguieron que la brisa matinal despertase sus mejores palabras.
Por allí suelen estar el legislador mandato cumplido, la solterona, el evadido de la justicia, la docente, el periodista, el cantante de cumbia, el ñato que tiene varias muerte en su haber, el que aspira ser lo que no es, el mendigo, el platudo del pueblo, el nuevo de la ciudad, el que se las sabe todas. Un resumen rápido de los que es una sociedad.
Para muchos será sólo otro bar en medio de la nada, pero para otros es el lugar más tibio para quedarse en el sur perdido del sur.
Si hay una remota posibilidad de que el infierno y el cielo quepan en un sólo sitio en Baigorria, de seguro que esa será la Nueva Perla. Lo bueno y lo malo, la esencia humana, en una sola esquina.








