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Jueves, 15 Enero 2015

Zurdo… y qué?

Algunas líneas ante la cobarde y fascista pintada aparecida en la caseta de la EPE, de calle San Martín al 900 en Granadero Baigorria, luego de las marchas realizadas por pedido de seguridad en la ciudad, tras el asesinato del comerciante Edgardo Giménez

 

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Me afilié al Partido Comunista en mayo de 1995. Pleno auge del neoliberalismo, que soterraba cualquier soplo de esperanza, cuando los viejos muros derruidos anunciaban el fin de la historia, la eternización del presente; con el menemismo reelecto y milicos asesinos confesando sus crímenes en cómodos sillones…
En medio de tanta falsedad y asco, tomé una de las decisiones más trascendentales de mi vida. Formar parte de un espacio revolucionario, de un tramo de la historia mundial sobre el ascenso de las masas obreras y la lucha de clases.
Fue una tardecita de otoño en el local que el PC tenía en Capitán Bermúdez. Recuerdo a Enzo Di Crostta, Mirta Puig y Viviano Zapata, que mateando hablábamos de lo que ya tenía decidido desde hacía tiempo.
En una hoja de papel dejé mis datos. Al carnet, que lo muestro orgulloso como parte de mi identidad, recién lo recibí a los años, porque los cumpas no pasaron mi afiliación debidamente. En el 2000 ya con la ficha correspondiente y en el Comité Rosario del Partido, plasmé la firma, pero ya hacía años que el compromiso comunista estaba en mí.
El Partido formó el hombre que soy, el periodista que intenta escribir en este mismo momento delante de la computadora. Allí supe de camaradas que me marcaron a fuego la necesidad de caminar por la cornisa, de separar al hermano del miserable, identificar al verdadero enemigo y denunciarlo, contar de seres que darían la vida por vos y vos por ellos, valorar el peso específico de la palabra compañero, compartiendo el pan de cada mesa, miga por miga.
Entre la teoría y la praxis, la militancia siempre fue buena. “Así es la vida del ‘doparti’ cumpay, amor y futuro. Allí, al final del camino, vamos a encontrar la igualdad”, me dijo el querido Beto Cabrera, que estuvo hasta su último respiro a cargo de la prensa partidaria en la Provincia de Santa Fe. El “Betito” resumía con nostalgia de Pugliese, la difícil búsqueda de empates sociales.
Alguna vez Jorge Testero, cuando era secretario del Partido de Rosario, me encontró acelerado por mil cosas. El tipo con inteligencia y certeza me dijo “la militancia va con el compromiso de un mundo mejor, igualitario y justo… si a ese mañana no lo construís con alegría, a pesar de todo, si ves que te supera, si te trae más problemas que los que ya trae, si no podés hacer carne en vos lo que decís y por lo que luchás, re planteate modificar el día a día”…
En eso ando cada amanecer. A veces con más militancia, a veces en merma. Siempre con la certeza de ser ese comunista hormonal. Siempre con la bandera del socialismo, como destino ya no de mi ciudad, de mi país, sino para el planeta todo.

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La muerte de Edgardo Giménez en un confuso hecho, donde también falleciera uno de los cuatro delincuentes que intentaban asaltarlo (Sebastián Alba), la mañana del jueves 30 de octubre del año pasado en la regalería de barrio Centro de Baigorria llamada “La Casa de las Porcelanas”, trajo consigo muchos reclamos de seguridad y dolor; pero también un sector del fascismo social que sólo ve una breve pizca del real problema.
La pintada que se hizo el viernes siguiente de la funesta mañana, en la caseta de la EPE de Avenida San Martín al 900, no fue ni inocente ni espontánea. Fue un acto típico de los cobardes que no tienen la suficiente valentía para decirse de derecha. Saben que, aunque otros piensen igual, no pueden decir públicamente que para ellos la vida no tiene un mismo valor entre los seres humanos. La diferencian por color piel y escala social, entre otras hijoputeces.
El lugar donde con aerosol escribieron “Zurdos de mierda. Seguridad”, es un espacio popular que las izquierdas de la región venimos pintando desde hace casi dos décadas. Es bueno decir que muchas veces las pintadas electorales o murales conmemorativos fueron tapadas por el dueño del galpón que comparte la vereda, en otra actitud perversa, pero el empresario de camiones se limitaba con una bandera Argentina a lo ancho, que suele atravesar el paredón propio.
Lo extraño es que estos defensores modernos y justicieros, obviamente excluyendo de éstas líneas a familiares y amigos de Giménez, nunca se los vio reclamando por los otros muertos, esos que la “inseguridad” mata en los barrios periféricos. Parece que si los sicarios actúan más allá de sus narices, la neblina que discrimina borra esos deseos de firmeza y democracia. Para ellos no vale ni una marcha, ni un carajo de reclamo, la muerte de cualquier morocho con cara de pícaro que lo atraviesa una tétrica bala, justo cuando pasaba con su bicicleta en el lugar y hora no indicada.
En fin, yo soy uno de esos “zurdos de mierda”, que no cree que con más milicos, ni criminalizando la pobreza está la solución de estos males actuales.
Tan altura de bosta soy que creo fielmente que otro mundo es posible, más allá de lo chueco que hoy esté.
Soy de los que, además de lamentar la muerte de Edgardo Giménez en aquella balacera funeraria, se preguntó qué pasó para qué Sebastián Alba, de 29 años, ingresara con otros tres cómplices a robar ese bazar la mañana del jueves 30.
Por qué tipos como Alba se dedican de andar de caño, en vez de tener un laburo, una familia. Por qué sólo decimos que hubo un muerto, si hubo dos. Qué Alba era un nearthetal, un primate que se merece ni un rezo, ni una lágrima.
Sé que los que te roban una moto, o un celular, o toman merca, o se pudren los pulmones con paco; no vinieron de un platillo volante de otra galaxia… son de acá… son fruto de éste sistema capitalista.
A nadie le hace un poquito de ruido preguntarse los por qué de todo lo sucedido.
Las cárceles están llenas de indigentes y los verdaderos responsables están felices, muchos en la tele en horario central.

3

Zurdo; como el primer homosapiens que dijo no y repartió los escasos alimentos.
Rebelde; como ese esclavo que rompió sus cadenas y las de al lado.
Libre; como ese pobre judío, hijo de otros judíos pobres, que alzó a sus sueños a miles de hebreos, paganos, gentiles, hambrientos, herejes, delincuentes, enfermos, en los confines del Imperio Romano.
Apóstata; como tantos empalados en cualquier reino, en cualquier dictadura, en cualquier tiempo.
Hacedor de brujerías para la inquisición. Luterano para los católicos. Cristiano para los anglicanos. Musulmán para los calvinistas. Protestante para los ortodoxos. Ateo para los que defienden a un Dios que sólo ha sabido de masacres y demoníacas colaboraciones.
Indio desposeído de su pasado.
Negro en un barco negrero, con destino aún incierto.
Jacobino como nuestros primitivos héroes argentinos. Masón cruzando el océano en busca de la Patria Grande.
Belgrano, Moreno, Dorrego, San Martín, Güemes, Artigas, French, Berutti, Rosas…
Anarco; como aquellos que se atrevieron a iniciar las luchas de las conquistas que hoy vos y yo disfrutamos. 8 horas de trabajo, derechos laborales, vacaciones, jubilaciones…
Asalto al palacio de invierno, la guillotina oxidada, el fuego que buscó la justicia de los pueblos, llamarada pasional.
Peronista; como cada hermano que soñó el socialismo de la mano de lo mejor de nosotros.
Comunista; como el Che, como Fidel, como mi hija preguntándome a sus 8 años los motivos válidos para pagar por el agua, la comida, el alquiler… por qué si todo está ahí para todos, por qué pagar… por qué el dinero, las fronteras, las guerras, las hambrunas…
Zurdo, rojo, bolche, tercermundista, abortista, igualitario, izquierdista, extremista, guerrillero, partisano, libertario, ácrata, anti globalización, montonero, erpiano, fariano, asambleísta, piquetero, compañero, camarada, compa, cumpa, cumpay, tobarich… de mierda, obvio.