Debo aclarar que muchos datos para esta breve reseña se pierden detrás de los recuerdos del “Gordo bueno” que lava autos a domicilio, pero gracias a personas que lo vieron andar desde siempre por la ciudad, pudimos re amar parte de su biografía.
Podemos afirmar que Misi, o mejor dicho Hugo Humberto Remigio Silva, como realmente se llama, nació en Capitán Bermúdez, el 6 de septiembre de 1958. Es el tercero de cuatro hermanos de una familia humilde, que vivió durante años a la vera de la barranca del Río Paraná, a la altura del Seminario “San Carlos Borromeo”. Según comentaron amigos de toda la vida de Misi, la madre solía ir a buscar hortalizas, huevos y leche recién ordeñada al claustro arquidiocesano. Tal vez una de las posibilidades de su grado de retraso mental, se deba al consumo de leche con calostro en mal estado obtenida en el Seminario y que habría tomado de bebé, produciéndole una meningitis que le dejaría esa huella para siempre.
No se sabe bien cuando los Silva se mudaron a Baigorria, pero habrá sido los primeros años de la década del 60’, porque el padre de la familia, al que llamaban “el Bomba”, por su contextura física de piernas largas, torso prominente y giba, se lo recuerda como uno de los choferes de la línea de colectivos “El Libertador”, que hacía el recorrido desde el Cementerio El Redentor hasta la calle Martín Fierro de la ciudad de Rosario.
La infancia de Misi se pierde en la neblina de la memoria, pero sabemos que por su condición no fue a la escuela primaria, aunque no sea analfabeto, maneje muy bien el dinero y las matemáticas. El mismo Misi confió a este periodista que él maneja el dinero que gana lavando autos y lo que cobra de una pensión que tiene desde la muerte de su madre por su discapacidad. “Con un abogado de la COTAR, logramos que la pensión que cobraba la madre luego de fallecer el padre, se la den a Misi al morir ella”, nos contó Juan Luis Inveninato, amigo de la adolescencia de Misi, a quien lo llama “hermano”. También sabemos que en algún momento de sus primero años asistió a una escuela de oficio, donde aprendió carpintería y manualidades.
A mediados de los 70’ el joven Misi comenzó con los Inveninato en el reparto de leche. Junto a otros pibes del barrio Centro, entre ellos el nombrado Juan Luis, repartían productos lácteos de lo que fuera la marca líder de la cooperativa rosarina. Por esos años, luego de un problema familiar, Misi vivió unos meses en casa de la familia que le daba trabajo. “Yo tenía un kiosquito con unas mesitas en la avenida (San Martín al 1200) y él pasaba y siempre nos pedía alguna changuita… así fue que le dije si quería ayudarme en el reparto y ahí empezó nuestra amistad”, recuerda Inveninato.
Con la voz a punto de quebrarse, el hombre se remontó a aquellos años donde Misi era el centro de los pibes de barrio Centro. “Vos no sabés el corazón que tiene, el buen tipo que es, para mí es un hermano”, recordó Juan Luis, que con lujos de calles, días, tardes y noches, recuerda al muchacho ancho, de salidas ocurrentes y laburante, en esos años donde la vida explotaba a la esperanza y la felicidad.
Tal vez otro dato oculto de Misi es la capacidad de controlar a los animales de mal talante. La muchachada del reparto de leche lo recuerda en sus hazañas de encarar a los perros más bravos. Misi, sin mediar miedos o precauciones, se acercaba a los canes, que amenazantes atacaban a los pibes que bajaban de la chata del reparto. “Los perros se calmaban con Misi, él los hablaban, le hacía un corazón con sus manos y un sonido con la boca como de rayo, y se les acercaba, los acariciaba, y los animales quedaban re tranquilos”, contó Juan Luis sobre la proeza del amigo. Ya en estos años recordamos a Misi caminando la ciudad con un loro de unos 50 centímetros de largo, de pico corbo potente y fuerte como alicate. El perico era de la familia Mattio, que sólo aceptaba a Misi para los mimos y cuidados. Parece que el poder hipnótico a los animales no limita sólo a los perros en Misi.
En 1988, cuando los Inveninato dejaron el trabajo con COTAR, Misi inició la labor que lo terminó de popularizar. El lavado de autos domiciliario. Arrancó con los médicos del hospital Eva Perón, gracias a un permiso que le dio el doctor Augusto Ramos, padre del intendente (en suplencia) Alejandro Ramos, que por esos años era el director del efector público. Con baldes, unos trapos y jabón, Misi lavaba sus primeros coches. Pero si algo se destacó en la capacidad de nuestro vecino fue el de no detenerse jamás, a pesar de los pesares. Y se lanzó a las calles con su bicicleta.
De a poco comenzó comprándose elementos para mejorar el servicio. La aspiradora, la hidro lavadora y otros elementos le facilitaron el trabajo e incrementó su clientela. “Si fuera por él no tendría que llover nunca”, dijo un cliente cotidiano. Y puede ser cierto porque quién no lo cruzó por las calles con su bocaza gritando el “¡suerte, que no llueva!”. Otras muletillas lo hicieron aun más conocido como el “¡suerte, que te cases!”; “muy, muy”, en referencia al dinero; o “¡sigue lavando!”, al compás de la canción de los Ratones Paranoicos ‘Sigue girando’.
La solidaridad no le fue esquiva a Misi. En varias ocasiones, los vecinos, a veces silentes, con la mezcla alquimista del amor y la fraternidad, le tendieron una mano. En ocasiones cuando los imbéciles le robaron la bicicleta con todos sus elementos de limpieza, hubo colecta para reponer sus artefactos de trabajo. Hay parroquianos que de manera anónima lo siguen invitando a comer, o le compra ropa.
En los 90’, cuando el parecer se imponía al ser, en esa etapa de amnesia colectiva, el ángel de compromiso no se olvidó de Misi. Su eucaristía con el otro siguió intacta. Así como un par de boludos le robaron la bici, otros pelotudos, pero con rasgos fascistoides radicados en los barrios ‘acomodados’ de Baigorria, pusieron sus quejas a concejales e intendentes. “No queremos las calles mojadas, enjabonadas, por ese tipo”, rebuznaban unos pocos, lo suficientemente fuertes para que los gobernantes no lo mandaran perfectamente al carajo. Pero Misi logró lo que no estaba de moda en tiempos de neoliberalismo triunfante. La gente que lo vio crecer como persona, los que lo quieren por lo que es, se juntaron, firmaron petitorios, fueron a las radios, hablaron con los ñatos de turno en la comuna, y Misi siguió lavando.
En la actualidad lava de 3 a 5 autos por día, sino llueve, obvio. Tiene una clientela fija, que lo llama cuando lo ve pasar y le saca un turno. Cobra 30 $ por un lavado integral, con aspirado y encerado.
Trabajó en la feria de verduras y frutas que existió en San Miguel hace décadas atrás, en la carnicería de ‘Chiquito’ Plaza, en la parrilla El Reecuentro de lava copas, en el reparto de leche de los Inveninato y hoy lava autos a domicilio.
¿Será Misi el último recuerdo vivo de Paganini? ¿Será una suerte de especie en extinción, de esos seres hermosos que iluminan con sus risas desdentadas? Él sigue ahí, por las calles, andando a la pesca de algún cliente que le asegure unos manguitos que le refuercen el ingreso de la pensión. Sigue cantando y saludando a los gritos en plena avenida despreocupado del mañana, porque sabe muy para adentro somos muchos los que contamos con él cuando el día se presenta gris, y que esos muchos estaremos con él de manera incondicional.
A veces se lo puede ver sentado bajo el toldo de los Mattio a la noche, callado y reflexivo, comiendo algún sándwich improvisado. Creo que jamás sabremos los porqués de esa actitud casi invisible, tal vez sólo quiere sentir las caricias del rocío que lo remonta las tardes de ranas, fútbol y pibada, bajo la sombra de un plátano que debe conservar en el ADN miles de anécdotas de aquel pueblo casi rural.
Lo que sí podemos decir es que Misi logró el milagro de ser eterno, más allá de haber acobijado varias primaveras. Son de los tipos donde uno puede asegurar que un mundo mejor es posible y nos espera en cada jornada.
Misi demuestra todos los días que se puede ser feliz sin una tarjeta de crédito, tan sólo con esas simples cosas que ya escribió el poeta.
Idioma Misi
Una incógnita para mí era saber, cómo de llamarse Hugo Silva se llega al apodo de Misi. Los relatos de los chicos que lo conocieron desde los pantalones cortos, hablan que el mote lo creó él mismo.
Misi ha creado como un dialecto propio, con roces humorísticos. Suele sacar vocales finales en una oración, o en un sustantivo, como cuando repartía leche. “Almacener.., pague o no hay lech…”, decía en ese tono agudo que lo caracteriza.
Dicen que cuando era pibe se presentaba de esta manera, “Soy Misi Caracatanga, qué hacé, qué hacé”, palabras más, palabras menos. Esta presentación venía acompañada por una tremenda gesticulación de manos. Con el tiempo quedó Misi, aunque algunos le dicen Mishel o cosa parecida.






