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Domingo, 12 Abril 2026

Por qué se inunda la ciudad

Crecimientos urbanos e inmobiliarios desprolijos, barrios sin planificaciones previas, Ybarlucea que lotea discriminadamente campos arrojando agua abajo sus precipitaciones haciendo colapsar el canal limítrofe y un plan integral hídrico que espera el sueño de los héroes. Una crónica de anegamientos anunciados en una ciudad que se construyó entre lagunas y pantanos.

Escrito por el licenciado en Periodismo y locutor Nacional, Hugo Cravero

El lunes 6 de abril se anunciaba lluvia. Y los avisos previos no fallaron. Cayeron más de 100 milímetros en poco tiempo. En rigor, 111 milímetros en cuatro horas, según el registro del Sistema de Alerta Temprana con base en barrio Centro. A lo largo de toda la jornada, el acumulado alcanzó los 150 milímetros.

Ahora bien, más allá del fenómeno meteorológico y del cambio climático —que se manifiestan con mayor intensidad en este tipo de temporales— la pregunta es tan simple como compleja de responder: ¿por qué se inunda Granadero Baigorria?

Hay varios factores que permiten ensayar una respuesta evidente: la ausencia de obras hídricas integrales en todo el ejido urbano a lo largo del tiempo.


Pero este texto busca ir un poco más allá. Y para eso es necesario remontarse a los años cuando esta ignota colonia fue fundada por Lisandro Paganini Sáenz, en la década del 80 del siglo XIX. Por entonces, todo este paraje era un territorio bajo, surcado por lagunas y pantanos.

Fue tal esa condición que Paganini debió proyectar el pueblo adquiriendo tierras en la zona más elevada de aquella pampa indómita donde se asentaba la posta El Espinillo. Documentos que oportunamente publicó el historiador Iván Piermatei en su libro "La historia de Granadero Baigorria" dan cuenta de que lo que hoy son San Fernando, Los Robles, barrio Correo y Las Lomitas eran depresiones naturales que se colmaban en épocas de lluvias intensas. Esos terrenos bajos fueron rellenándose a medida que avanzaron las urbanizaciones.

Hacia el norte, uno de los primeros sectores en poblarse fue San Fernando, desde mediados de la década del 20 del siglo pasado. En cambio, Los Robles —el recordado loteo Manichú— recién comenzó a consolidarse hacia los años 90. Durante décadas, esos campos actuaron como reservorios naturales del agua de lluvia. Sin embargo, la apertura de calles, la construcción de viviendas y la expansión urbana eliminaron esa capacidad de absorción.


Por su parte, el barrio Centro, junto con San Miguel —núcleo original del trazado fundacional—, fue históricamente el sector más elevado. Pero la construcción del Hospital Eva Perón y del Hogar Escuela alteró esa lógica.

La edificación de ambos complejos implicó no sólo la elevación de los terrenos donde se emplazaron, sino también el relleno de amplias extensiones aledañas y traseras. Todo el sector del actual parque Eva Perón —o parque Central, como preferimos denominarlo desde esta redacción— formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso que incluso contemplaba una pista de aterrizaje de aviones.

Ese cambio en la cota original generó un desequilibrio que, a más de 80 años, sigue teniendo consecuencias. Es cierto que en 1996, tras una inundación en la zona sur de barrio Centro, donde los vecinos de las calles Alvear y Arenales fueron los más afectados, el entonces intendente Alfredo Secondo ejecutó una obra que permitió encauzar parte del agua proveniente del oeste hacia el Paraná. Pero hoy esos emisarios resultan insuficientes frente al incremento de las precipitaciones.


Otro punto crítico —y urgente— es el crecimiento de Ybarlucea. Desde esa localidad aseguran contar con un Master plan de ordenamiento, pero lo cierto es que nunca se evaluó el impacto aguas abajo, es decir, en Granadero Baigorria.

Históricamente, el oeste era un gran pantanal que dificultaba la conexión entre ambas localidades. En 1933, el presidente comunal de Paganini, Juan Sala, impulsó la canalización de ese lodazal para mejorar el tránsito. Así nació el canal Ibarlucea, que desemboca en el arroyo Ludueña, que también terminó funcionando como límite jurisdiccional.

Con el paso del tiempo, y ante la desidia de distintas gestiones, Ybarlucea avanzó hacia el este y Baigorria cedió territorio. Hoy, el crecimiento de barrios cerrados y loteos en la localidad vecina reduce la capacidad de escurrimiento, satura el canal y agrava el problema cuando las lluvias son intensas.

Los estudios altimétricos de los años 90 ya señalaban que gran parte del oeste baigorriense tiene pendiente hacia ese canal. Por eso, cuando las precipitaciones son persistentes, el drenaje se vuelve lento y el agua tiende a estancarse, agravado por el caudal que desciende desde Ybarlucea.


Baigorria, en rigor, nunca fue planificada. Su crecimiento fue desordenado, con la apertura de barrios sin estudios ambientales ni hídricos. El loteo Stoiza en los años 60', que dio origen a barrio Martín Fierro, es un ejemplo claro: lo que antes eran frutales y viñedos hoy es uno de los sectores más afectados por anegamientos.

La lógica inmobiliaria, muchas veces sin regulación, fue moldeando la ciudad a su antojo. Los Robles, Lomas de Alicia, Industrial, Nuestra Señora de la Paz o Maristas son parte de esa expansión sin planificación.

Si a eso se suma la inexistencia de un plan hídrico integral, el resultado es el actual. Hubo obras, sí, pero aisladas: el entubamiento de Eva Perón en los 90', el de Urquiza durante la gestión de Alejandro Ramos, el encauce en Ruta 11. Intervenciones necesarias, pero insuficientes.

Hoy se impone la necesidad de una obra de gran escala que ordene el drenaje pluvial de acuerdo a las pendientes naturales: hacia el Paraná y hacia el canal Ibarlucea. Lo que durante décadas no se hizo —por desconocimiento o por falta de rédito político, ya que son obras que no se ven— debe comenzar a discutirse seriamente.

El principal obstáculo es evidente: los recursos. El municipio no cuenta ni contará con los fondos necesarios para encarar una obra de esa magnitud. Y en el actual contexto nacional, donde la obra pública está prácticamente paralizada, las posibilidades se reducen aún más.

Allí aparece otro desafío: la articulación política. Oficialismo y oposición deberán abandonar la lógica de la coyuntura y pensar en conjunto una solución estructural.

Y, en paralelo, discutir con Ybarlucea todo lo necesario: límites, crecimiento urbano y su impacto sobre Baigorria.


La pregunta final es inevitable: ¿existe la madurez política para asumir semejante responsabilidad? ¿Se puede pensar una ciudad a 50 años, con planificación, regulación y criterios claros para nuevos desarrollos urbanos?

Si esa discusión no se da, el diagnóstico es conocido: los problemas seguirán creciendo. Y la ciudad continuará reaccionando ante cada tormenta, en lugar de anticiparse a lo inevitable.