Un niño pequeño, delgado, de tez morena e impecable guardapolvo almidonado ingresa a la nueva escuela. El edificio es flamante. Aún conserva ese olor que deja la pintura fresca. Una mezcla de cal ácida y aceite.
El chico, hijo de inmigrantes, entró a esa escuela de la mano de otra niña, Ebe Cottini, tan emocionada como nuestro interlocutor. Esa jornada, el 29 de marzo de 1941, no sólo quedó grabada en Raúl y todos esos alumnos del 1° grado inferior por ser su primer día de clases, sino porque esa misma mañana se inauguraba, con la presencia del jefe comunal de Paganini, Vicente Secco, y el gobernador provincial, Manuel de Iriondo, el edificio de la escuela centenaria, la 127 Manuel Alberti, que luego de casi 50 años de su creación, y de vagar en casas alquiladas, era presentada a la comunidad, en Sáenz y San Lorenzo.
Quizás allí Raúl Zavattero, con sus 6 años a cuestas, habrá pensado que sería bueno contar esa experiencia. Poder resumir en pocas palabras la belleza. Eso de haber sido uno de los primeros en sentarse en esos bancos, gigantes pupitres; narrar en unas letras el patio, la sensación de los otros pibes, las maestras.
Hablar de que esa perfección se parecía mucho a la felicidad.
Ítalo Raúl Zavattero nació en Paganini el 29 de abril de 1935. Es hijo de inmigrantes italianos.
Su padre, Francisco Zavattero, era un turinés que había llegado al país después de la Primera Guerra Mundial, en la década del 20’, y que solo volvió a Piamonte en 1929 a buscar a su novia, que había dejado antes de partir hacia Argentina para casarse y formar su familia.
Marcela Negro, su madre, era una muchacha de 18 años cuando llegó en 1930 a la zona de Alvear, junto a su esposo y embarazada de la hermana mayor de Raúl.
Para 1931 los Zavattero se radicaron en Paganini, en las fincas de Juan Sala, el español dueño de las tierras donde puso sus quintas en la extensión actual de los barrios Martín Fierro, Industrial y la ruralidad del extremo centro oeste baigorriense. Allí don Sala, quien por entonces era el mayor terrateniente y productor frutihortícola de Paganini, empleaba a jornaleros que, como Francisco y Marcela, trabajaban de sol a sol. El joven matrimonio pudo comprar en 1933 un lote en el flamante loteo de barrio Los Paraísos, en parte de lo que fue la estancia de la familia Persegani.
Allí, en 1935, nació Raúl. En la casa de sus padres, en Catamarca y Juan B. Justo, a metros de donde hoy vive junto a Nené, su amor adolescente, su novia de siempre, la mujer con la que construyó su vida.
De muy niño hubo una chispa. Una curiosidad por saber los porqués, los cómo, los cuándo, los dónde. Eso lo involucró desde siempre con su familia y con su pueblo.
En su niñez del viejo Paganini, Raúl amasó el amor a su terruño y eso lo fue afianzando a través del tiempo y, al decir de Claudia, una de sus hijas, una memoria prodigiosa que lo hace recordar de ese pueblo y de su entrañable Granadero Baigorria nombres, calles, caras, costumbres, formas, días, noches, mañanas y amaneceres de una ciudad que le debe esa capacidad de poder mirarse a través de su historia.

Luego de una frustrada secundaria por un desmanejo de fondos que dejó de recibir de la Comuna, en tiempos de la intervención de Carlos Marquadt a la presidencia comunal de Juan F. Secco, luego de perder una beca, que había obtenido del gobierno provincial peronista, para subvencionar el boleto del transporte de colectivo para viajar a Rosario a la Técnica 2, Raúl tuvo que dejar los estudios. Era un adolescente de 13 años, pero tenía que ayudar en la casa y no dudó en trabajar.
Lo hizo en la carpintería de los Vignale, un emprendimiento modelo para el pueblo y la zona que llevaban los hermanos Dante, Ernesto y Berto. Era aprendiz y junto a otros pibes de Paganini aprendió el oficio de tratar la madera, de crear desde lo virgen una obra con sus manos.
Lo de Vignale era un lugar obligatorio para todos los recientes matrimonios que compraban sus primeros muebles para su hogar en formación, y allí estaba un joven Raúl atento a la vida misma. Creando, pero escuchando historias y dándole forma en su ser a ese pueblo por describir.
De los Vignale no sólo supo del trabajo y su disciplina, sino que se capacitó como carpintero, un oficio que le permitió sumar ingresos a la economía familiar en sus tardes, luego de volver del trabajo en Celulosa, cuando ya había formado su familia.
Su noviazgo con Nené, su compañera de toda la vida, nació cuando eran casi adolescentes, antes de que Raúl fuera al servicio militar en 1955, con destino en Monte Caseros, Corrientes, por 12 meses.
Francisca Amelia Ledesma, Nené, era una de las pibas de barrio Centro, tres años menor que Raúl. Según su hija Claudia, se conocían desde siempre en aquella ciudad rural y despoblada, de los bailes y las tardecitas de los domingos en la plaza 9 de Julio. “De la vuelta al perro”, dijo en una entrevista la mayor de los Zavattero al ser consultada por esta crónica.
Tras seis o siete años de noviazgo, Nené y Raúl se casaron y se fueron a vivir a su casa de calle Catamarca, al lado de la vivienda familiar. En los 60, álgidos y altamente politizados, nacieron sus hijas, Claudia y Mónica, y se iniciaba el formato de una familia marcada por el compromiso y el apoyo mutuo.
Entre 1967 y 1968 Nené, que ya era peluquera, puso un local en su casa, en el mismo living. Raúl, que cada tarde tras regresar de Celulosa, como se dijo, changueaba con el oficio de carpintero, acomodó el espacio para hacerlo lo más presentable posible. Luego, él mismo levantó un localcito al lado de la casa y construyó los muebles para que esa peluquería se fuera convirtiendo en Tienda Nené, un comercio de venta de vestimenta que hasta hace unos años estuvo abierto.
El recuerdo de Agnar Bratten Zavattero, más conocido como Nany, uno de los cinco nietos de Raúl, de su abuelo es el de trabajar siempre, de estar atento a las necesidades y los pedidos de toda la familia.
—A veces lo paramos, porque él mismo dice no darse cuenta de la edad que tiene —sostiene.
Activo sin mediar consecuencias, Raúl fue, y es, un padre y abuelo presente.
— Mi hermana y yo recién salimos a bailar a los 18 años, y mi papá nos iba a buscar a la salida del boliche —rememora Claudia, cuando en un pequeño auto Raúl buscaba a sus hijas de madrugada, sin importar la hora ni el cansancio.
Esa noble actitud hizo que años antes, cuando Claudia y Mónica eran niñas, junto a un grupo de padres y la Comuna, bajo la presidencia de José Horacio Monti, le dieran forma a la escuela 550 en barrio Paraíso.
Por entonces la pibada de los barrios del este baigorriense debía asistir a la escuela 127 de barrio Centro. Cruzar la ruta 11 y la sobrepoblación escolar en la institución céntrica hizo que la solidaridad y la cooperación afloraran.
Allí estuvo Raúl y su padre Francisco, rodeados de otros padres, para dar forma a la escuela que lleva el nombre de Cooperación Escolar, rememorando la épica actitud colectiva a finales de los 60.
Esa hidalga actitud paternal y protectora la repitió con sus nietos, y hoy con sus dos biznietos.
—Yo era chico, pero recuerdo que mi abuelo nunca faltaba a una fiesta escolar. Él estaba siempre con su cámara y nos grababa en los actos —cuenta Nany.
Hay en algún lugar en la casa familiar de los abuelos con decenas de cassettes en VHS que recuerdan cada momento feliz de la niñez de sus nietos.
—De igual forma él asistía a las reuniones de padres a las que no podíamos ir. Siempre firme, siempre atento —refuerza Claudia.
Esa complicidad con sus hijas y luego con sus nietos hace que la visita a los abuelos sea un tema indiscutido. Los sábados a la mañana Brian, el otro Bratten Zavattero, se toma un largo mate con su abuelo Raúl y se ponen al día de la vida y los sueños.
En algún momento la historia de un pueblo para contar y la política se rozaron, y nunca más se separaron en Raúl.
Pero vamos por partes. Cómo fue que don Raúl Zavattero, el laburante de Celulosa, el que hacía changas de tarde como carpintero, el compañero de Nené, el papá de Claudia y Mónica, se metió en política y llegó a ser uno de los concejales con más presencia en el Legislativo local. Y cómo eso culmina en convertirse en el historiador baigorriense que comparte sus historias a quien quiera escuchar o leer.
Raúl siempre fue peronista. Desde niño vivió en carne propia lo que Juan Domingo Perón generó en los argentinos, esos que siempre fueron el desprecio de las clases acomodadas.
Él, su hermana, su viejo y su madre eran de esa sociedad postergada, los últimos de la fila. Con el peronismo, las presidencias de Perón y ese ser increíble como Eva Perón, ellos, los cabecitas negras, dieron ese salto que parió la clase media argentina.
Raúl evidenció el progreso de su familia, de sus amigos, de sus cercanos. Cómo no iba a ser peronista, cómo no iba a amar con profundidad a Evita y jugarse por el general del pueblo.
Su laburo social, el acompañamiento a gestas locales, como la ya citada escuela 550, o la creación, junto a su padre y otros vecinos del barrio, de la vecinal de Paraíso; su participación activa en la cooperativa telefónica de Baigorria; la conformación, junto a otros apasionados por el deporte motor de la ciudad como Luis Cipiti, Pablo Bertero, Denis José Sobrero y Alberto Pola, del Motor Club de Automovilismo de Granadero Baigorria —que entre otros logros consiguió hacer visible nacionalmente a Oscar Poppy Larrauri—, y otras gestiones, hizo que en 1987, cuando Humberto Sdrigotti se acercaba a la intendencia, lo convocara a Zavattero como primer candidato a concejal.
La anécdota de cómo fue la convocatoria tiene dos relatos: el de Raúl y el de su hija Claudia.
Una tarde de 1987, a semanas del cierre de listas, Fermín Serrano, por entonces el más cercano colaborador de Humberto Sdrigotti, quien en sus primeros dos mandatos fue su secretario de Gobierno, llegó a la casa de los Zavattero. Sin medias tintas, el Gallego, como le decían a Fermín, le ofreció encabezar la fórmula de concejales por el peronismo. Raúl tardó 10 días en responder, ante la poca paciencia de Serrano.
Cómo podía decirle no a Sdrigotti. Cómo lo iba a pensar. Pensar qué, se habrá preguntado Fermín, un hombre de pocas pulgas, según recuerda este escriba.
Raúl debía plantearlo en la mesa familiar. Debía ser consultado y avalado por Nené y sus hijas. Sin el apoyo de ellas, él no iba a dar tal trascendental paso.
Además estaba el laburo: Celulosa. Raúl trabajaba desde hacía más de 25 años allí para 1987 y era el sustento familiar. Sabía que, de ser concejal, por decisión política de Humberto, la mitad del sueldo iba a la “política”; o sea, solamente iba a cobrar el 50% de la dieta como edil, que era una miseria.
Claudia recuerda esos días de mucho diálogo. Su padre era un hombre inquieto y responsable. Eso lo sabían ella, su hermana y su mamá. Don Raúl era todo un estandarte en la sociedad de Baigorria, un referente justo y solidario en el barrio. Ellas no podían limitarlo solamente por el temor que impregnaba “meterse” en política. Por esos años el miedo a militar una campaña, ser parte de una gestión municipal, no era solamente la cuestión del prestigio que suele perderse ante los atropellos de los gestores en funciones públicas, sino porque la dictadura militar estaba a la vuelta de la esquina.
A 42 años del regreso de la democracia es más difícil verlo o razonarlo, pero por esos años no. Muchos argentinos recién caían en lo cruel y despiadada que había sido esa etapa, cuando lo peor del Estado había puesto su maquinaria sobre militantes sociales y políticos que creían, luchaban y dieron su vida por un país más equitativo.
Si el mismo Humberto Sdrigotti había sido perseguido en dictadura, como recordó para un perfil escrito sobre el mandatario baigorriense por este periodista su hija Analía, por qué no iba a serlo Raúl.
Pero la valentía familiar primó y Raúl aceptó ser el número uno en la lista del sdrigottismo, y desde el 10 de diciembre de 1987, hasta 1999 primero y de 2012 hasta 2015 después, Zavattero fue concejal por casi cuatro períodos de la ciudad, siendo en la actualidad uno de los ediles con más permanencia en el Legislativo local.
Durante 10 años, hasta jubilarse, Raúl trabajó de 0 a 6 en Celulosa para poder estar a las 8 en el Concejo de la ciudad. Nunca faltó a ninguno de sus trabajos.
En medio de esos años, Zavattero fue varias veces presidente del Concejo, lo que lo llevó en varias ocasiones a ser intendente interino de su ciudad, algo que quizás solamente los que amamos con profundidad estas tierras podemos pesar en esas básculas imaginarias de anhelos y sueños cumplidos.
Durante su aventura legislativa, Raúl comenzó otra materia pendiente: escribir sus recuerdos de la ciudad que vio transformarse. Hacer un recorrido histórico desde Paganini a Granadero Baigorria.
Así como recopiló videos familiares, fiestas escolares de sus nietos en VHS y fotos de sus hijas, Raúl inició una travesía en su memoria inmensa para poder hilvanar lo personal con lo colectivo.
Con mucha astucia creó una estrategia para sumar a sus recuerdos veracidad histórica. Para finales de los 80’ y durante la década de los 90’, Zavattero logró entrevistarse con nietos y bisnietos de aquellos pioneros que fueron dándole forma a Paganini. No eran tiempos de redes sociales ni WhatsApp, por eso ese trabajo era artesanal: llamando a teléfonos fijos, yendo a direcciones que otros daban a medias.
La cuestión fue que Raúl comenzó a reforzar su recapitulación con datos de familias primitivas, con fotos, recortes de diarios, menciones.
De a poco, don Raúl se fue convirtiendo en ese título que conserva con creces: Zavattero es el historiador de Baigorria.
No se puede obviar que esto también vino a la grupa de la explosión que tuvieron las radios FM en la última década del milenio.
La convertibilidad económica que llevó adelante la presidencia de Carlos Menem, el dólar barato y las exportaciones sustituyendo la industria argentina trajeron desempleo y una sensación de crecimiento. El fenómeno de la apertura de radios de frecuencia modulada en baja potencia ya era un acontecimiento histórico en el país, con visos de rebeldía, porque a 15 años de la apertura democrática seguía vigente —y seguiría hasta 2009— la ley de medios creada por la dictadura cívico-militar que prohibía el encendido de emisoras de este estilo, salvo para aquellas personas influyentes en el poder político y económico.
En Baigorria la primera experiencia radial fue “La Radio de Todos”, 94,5 Mhz, una estación de FM que se emitió por poco tiempo, entre finales de 1986 y principios de 1987, desde Remanso Valerio, de la mano de los vecinos del lugar y una comunidad de cristianos de base, liderada por Daniel Magagnini, con un transmisor de 1 vatio de potencia que había sido confeccionado de manera manual copiando un circuito de una revista de electrónica española.
Pero entre los últimos meses de 1989 y comienzos de 1990 se encendieron las radios que marcarían a fuego costumbres culturales y de consumo radiofónico en Baigorria, por lo menos en los primeros años de la década. Ellas fueron FM 102 Radio de la Costa y FM 106 Granadero.
Esas radioemisoras llenaron sus espacios de programas locales y muchos tuvieron la necesidad de contar sus historias, el porqué de ser baigorriense, qué significado tenía estar ahí, en esa ciudad que los había cobijado.
Raúl fue uno de los tantos que comenzó a contar momentos, hechos perdidos en el colectivo popular y, sin darse cuenta, lo profesionalizó.
A lo largo de sus años como historiador Raúl no solo hizo radio, sino también televisión junto a Edgardo Bagnera y Canal 2, Aire para la Región, de Televisora Color Capitán Bermúdez, con estudios en la ciudad.
Asimismo en los 90 se sumaron las experiencias gráficas. Revistas locales como Baigorria Hoy, La Puerta y el periódico El Urbano, gestor de El Urbano Digital, recibieron de Raúl centenas de notas históricas de Paganini y de Baigorria.
Solamente en la edición papel de El Urbano Raúl Zavattero publicó 150 crónicas, un nivel de producción descomunal. Su registro histórico va desde la misma fundación de la colonia Paganini, la creación de la primera escuela, las intendencias de la Comuna de Paganini, la constitución del único cine del pueblo, el paso de los boliches, la formación de los clubes, las entrevistas a familiares de los primitivos pobladores, entre un variopinto de material periodístico de alto valor.
Como si fuera poco, en 2004, bajo la intendencia de Miguel Ansoleaga y la Secretaría de Cultura de María Rosa Tinnirello, Raúl, junto a Mabel Borga y Laura Resta, publicó el libro Un recuerdo de mi pueblo. De Paganini a Baigorria, material de consulta obligatoria en escuelas de la ciudad.
Hoy Raúl, a sus casi 91 años cuando se escribe este perfil, continúa con un proyecto que inició hace casi dos décadas. La municipalidad pone a disposición para los 4° y 5° grados de las instituciones primarias de la ciudad un colectivo y Zavattero, megáfono en mano, les va contando a los pibes lugares de Baigorria.
Un recorrido donde la ciudad se ve cercana y palpable.
Raúl Zavattero nació en Paganini cuando aún se pedían permisos para cazar perdices o liebres en los campos que se mezclaban en el paisaje rural. Cuando todos se conocían y la solidaridad no era un compromiso, sino un deber de buena gente.
Será por eso que sigue buscando esos aromas, esos atardeceres y horizontes que lo iluminaron desde niño, para poder contarlo y no perder ni un detalle de aquellos tiempos cuando todo era más lento, más humano.
Alrededor del fuego, en una ronda, en una mesa, arriba de un bondi, delante de una computadora, él siempre cuenta algún suceso de su pueblo. Sabe que de esa manera regresa a ese lugar donde siempre se es feliz.
Raúl vuelve a esos boliches de caña y grillos, de humedad y de voces que rebotan en su alma de pibe, en su frescura de hombre urbano, en ese espíritu infinito de un Paganini de antes y un Baigorria de hoy.
Ese siempre fue su destino, y de alguna mágica manera lo supo. Esa maravillosa hazaña de no sólo contar la historia de la ciudad, sino ser parte de ella.






