Diario Registrado - Gendarmes, prefectos y otros de uniforme y fierros se reunieron para reclamar por sus sueldos mal pagados. Pagados de menos por una mala liquidación o por un decreto no demasiado claro o astuto, y quizá también porque alguien quiso pagarles de menos para estimular la bronca. Algunos dicen que fue una sorpresa, otros que fue preparado por manos negras y hasta se habla de un enviado de Clarín a exigir un poco de insurrección para garantizarles que el reclamo saldría en la tele: porque sin lío no hay cámaras. Y porque con lío quizá no haya 7D. También hay quienes dicen que esto se veía venir desde hace meses porque los hombres de verde y marrón venían pataleando desde hace rato y que todo era previsible y evitable.
¿Importa por qué una parte de las fuerzas de seguridad abandonan sus tareas y dejan a la democracia sin protección? Claro que importa, pero creo que hoy los motivos son algo secundario: ya se sabrá. Lo que impacta es saber que algo así puede ocurrir y que ocurrió y nos ocurre a nosotros que no somos Venezuela, ni Paraguay, ni Bolivia, ni Ecuador, sino Argentina en avanzado estado de suramericanización (palabra larga y fea de decir y para muchos fea de pensar). Lo que hoy importa es la experiencia vívida de que algo así nos puede pasar. Lo que importa es que a Gerardo Fernández que me pide alguna reflexión al respecto le digo “menos mal que hay que escribir algo en vez de tomarse la cacciola al Uruguay”. Un chiste espantoso.
Lo importante es que otra vez La Nación cerró los comentarios de sus lectores que previsiblemente estarían vivando la insurrección militar que los llevaría al derrocamiento del gobierno. Lo importante es que algunos políticos de la oposición firmaron un documento democrático, mientras otros se negaron a firmarlo a la espera de vaya a saber qué cosa. Importan también las caras de satisfacción de algunos periodistas que creen ver más cercano el momento en que esto se termine de una vez. Y las bromas de ex periodistas progres que hoy se divierten con la comedia que ayudaron a escribir durante los últimos años. Importa también que algunos de los políticos que firmaron a favor de la democracia, pocas horas antes aseguraban en televisión que este gobierno: de democrático tiene muy poco.
En definitiva lo que importa es que estamos atravesando días de mecha corta, de exasperación, de ansiedad. Tanto de los opositores democráticos, como de los opositores golpistas (importa y mucho que volvimos a utilizar esa palabra clásica en lugar del moderno “destituyente”). Exasperación, ansiedad y mecha corta con la que andamos también quienes apoyamos a este gobierno. Unos con la alegría fácil, y otros con el sobresalto a flor de piel.
Y me pregunto si no será un buen momento para que quienes representan a los ciudadanos que no votaron a este gobierno se sienten a discutir hasta llegar a un compromiso. El compromiso sería sencillo y tendría dos salidas o conclusiones.
Una: si la oposición concluye que esto es una democracia, que se comporte acorde a esa convicción y se comprometa a dejar de emitir -cada vez que tiene un micrófono cerca- sus dudas acerca de la legitimidad de este gobierno. Que además no lo plantean como duda sino con la certeza de que este gobierno es ilegal, revoleando alegremente hacia toda la ciudadanía conceptos de espanto, horror y tiranía. Que las palabras tienen su efecto sobre la realidad y lo que a demasiados políticos les parece nada más que otra chicana para achicar diferencias o esmerilar poder se puede transformar en verdaderas invitaciones y estímulos para terminar atropellando el estado de derecho.
Dos: si los opositores realmente están convencidos de que este gobierno no es legítimo y que es definitivamente ilegal, que dejen de tirar palabras de vocación destituyente y plantéen las cosas con seriedad institucional. Que ahí están las cámaras del Congreso para quien quiera hacer juicios políticos o demandas de cualquier índole.
Las instituciones están funcionando con normalidad. Deberían entonces aprovecharlas para plantear sus inquietudes, sacarse dudas, y asumir sus roles, sus palabras, sus anhelos, y sus obligaciones.
Es la hora de la oposición. Deberían decidir si quieren –y quién quiere- seguir jugando en el marco democrático o si piensan avanzar con propuestas que apelan al que se vayan todos, a los seineldines, al río revuelto, a los exasperados, a los gendarmes enojados, y a los nostálgicos de la violencia.
Para lo que sea, para lo que decidan hacer, opositores: los necesitamos. Que este país es de todos y no del kirchnerismo. Salvo que se estén creyendo los muchos inventos con que Clarín y asociados han venido insistiendo para darles una mano. Verán que la ayuda que han recibido no funcionó como apoyo para sus partidos políticos, sino como un puente hacia tiempos en que la política quedaba suspendida.
(Y esta reflexión modesta creo que vale aún suponiendo que la acción levantisca de los uniformados haya sido absoluta responsabilidad, un imperdonable error del gobierno nacional.)






